Estiró las piernas hasta donde el escritorio se lo permitía. Con la diestra recogió un mechón de cabello poniéndolo detrás de la oreja. Sostenía el teléfono pegado a su oído para escucharlo con claridad ya que en la abarrotada sala los timbres sonaban todo el tiempo.
- Debo confesarte que hace tanto tiempo que no me sentía así... - La voz gruesa de aquel hombre al otro lado del teléfono la confortaba.
A él una mezcla de miedo y picardía le hizo tambalear. Trató de sonar más seguro para no parecer atrevido.
- Lo he pasado fantástico contigo.
Era de noche. Se encontraba de pie ante el umbral de su habitación, con ese aire de quien no le debe nada a nadie pero, que cambiaría a partir de esa comunicación por teléfono.
Un silencio que parecía interminable los cubrió hasta que ella despegó los labios para sonreír.
-Hay algo que debes saber.
En ambos rostros se surcaron las sonrisas, pero la de ella era mucho más amplia, más fresca.
- Necesito decírtelo para que podamos continuar.
Desabrochó un botón de la camisa cerca del cuello, comenzaba a suda por la impaciencia y el pulso se le aceleró.
- No estoy sola. - Aún tenía la sonrisa fresca, como si hubiera realizado una travesura.
La sonrisa abandonó el rostro de ese hombre, miró hacia el suelo y el estómago se le encogió por completo.
- No te entiendo.- Frunció el ceño confundido.
Suspiró tranquilamente y pronunció las palabras con una dulzura maternal.
- Tengo una hija.
No hay comentarios:
Publicar un comentario