26.11.10

No me mires con los ojos tristes...


Cogió el tronco con seguridad al igual que ella y eso la sorprendió. Ponía las manos en los lugares donde ella también las puso, los pies, el torso, la espalda, todo. Pensaba que su porte de caballero lo obligaba a dejar de realizar ciertas piruetas que sólo lo hacían los niños que no tenían otro pasatiempo más que mirar el horizonte inalcanzable.

- Lo hago desde niño, mi padre mando a construir una casa en el árbol cuando yo subí por primera vez y temió que cayera.

Se burlo de él mismo y continuó hablando sin mirarla.

- No tenía escaleras, y tampoco las necesité.

Giró y después de contestarle a los pensamientos que leyó por sus ojos, sonrió por la evocación de aquel recuerdo.

- Yo siempre lo hacía. En mi casa había un árbol de cerezo y siempre que me sentía sola lo trapaba y miraba el horizonte.

Sonrió también y mantuvo la mirada sumergida en la miel que contenían los ojos de su amigo.

- A veces me quedaba mirando y contemplando el paisaje… preguntándome que habrá allá, a lo lejos.

Los dos balanceaban sus piernas en el aire como si fuesen niños.

- Y decía, “cuando sea grande… algún día...

- ¡Estaré allá!

Dijeron ambos al unísono. Estallaron en risas por la casualidad de sus palabras, la ingenuidad de la infancia y la pureza de sus pensamientos. Pero la risa se les transformó en una mueca al recordar los rumbos que tomarían sus vidas dentro de algunas horas. Desviaron la mirada incómodos.

- Sólo quería despedirme.

Habló él por fin cuando el silencio se hacía insostenible por la falta de palabras. Ellas las tenía todas pegadas al paladar.

- Y espero verte otra vez. Algún día.


[Luego lo continuo.]


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