Cogió el tronco con seguridad al igual que ella y eso la sorprendió. Ponía las manos en los lugares donde ella también las puso, los pies, el torso, la espalda, todo. Pensaba que su porte de caballero lo obligaba a dejar de realizar ciertas piruetas que sólo lo hacían los niños que no tenían otro pasatiempo más que mirar el horizonte inalcanzable.
- Lo hago desde niño, mi padre mando a construir una casa en el árbol cuando yo subí por primera vez y temió que cayera.
Se burlo de él mismo y continuó hablando sin mirarla.
- No tenía escaleras, y tampoco las necesité.
Giró y después de contestarle a los pensamientos que leyó por sus ojos, sonrió por la evocación de aquel recuerdo.
- Yo siempre lo hacía. En mi casa había un árbol de cerezo y siempre que me sentía sola lo trapaba y miraba el horizonte.
Sonrió también y mantuvo la mirada sumergida en la miel que contenían los ojos de su amigo.
- A veces me quedaba mirando y contemplando el paisaje… preguntándome que habrá allá, a lo lejos.
Los dos balanceaban sus piernas en el aire como si fuesen niños.
- Y decía, “cuando sea grande… algún día...
- ¡Estaré allá!
Dijeron ambos al unísono. Estallaron en risas por la casualidad de sus palabras, la ingenuidad de la infancia y la pureza de sus pensamientos. Pero la risa se les transformó en una mueca al recordar los rumbos que tomarían sus vidas dentro de algunas horas. Desviaron la mirada incómodos.
- Sólo quería despedirme.
Habló él por fin cuando el silencio se hacía insostenible por la falta de palabras. Ellas las tenía todas pegadas al paladar.
- Y espero verte otra vez. Algún día.
[Luego lo continuo.]
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