Los truenos estallaron, uno tras otro sin parar de llover. Era una noche oscura y se encontraba solo en la mansión. Era uno de esos hombres adinerados que preferían estar solos por la noche tomando un poco de vodka.
Tomó la botella, vertió un poco en un vaso de cristal fino y bebió. Creía que aquello que le quemaba la garganta le haría olvidar sus problemas, pero su rostro no se inmutó mientras el líquido bajaba por su garganta.
Parecía preocupado, tenía los ojos hinchados como si hubiera estado llorando. Caminó con la mirada perdida, pasó una mano por su mentón y se quedó parado en frente al mueble de cuero negro y por instinto alzó la mirada distraído y el sonido del teléfono sobre su escritorio le taladró los oídos.
Contuvo el aire por dos segundos y el teléfono no paraba de sonar. La persona al otro lado sabía que contestaría de todas formas. Se acercó lentamente hasta su escritorio y levanto la bocina del teléfono.
- ¿Diga?- murmuró.
- ¿Ben?
- ¿Linda?
- Tenía que hablar contigo- suplicó.
- No puedes seguir llamando.
- Ya lo sé, lo sé- sollozó- dime que lo pensaste, por favor.
- No hay nada que pensar.
- No digas eso.
- No puedo, sabes que no...- cerró los ojos y dejó de hablar.
-Te lo suplico, ven a mi- sus sollozos eran más intensos.
-No.
Colgó. El rostro se le descompuso en una mueca de espanto después de aquella llamada. Bebió un poco más de vodka para desaparecer su miedo.
Sonó el teléfono por segunda vez y la pantalla azul del identificador marcó el mismo número.
- Linda, por favor- Ahora él, asustado, contenía el aliento.- Déjame en paz.
- No- sentenció la voz iracunda- ¡NO!
Se le oía respirar agitada para sonar otra vez como una niña.
-Te extraño, Ben… regresa. Podemos ser felices…ser felices juntos.
- Esto… es una locura- Aferraba sus dedos con desesperación al teléfono y su estómago le punzaba hasta hacerlo retorcer de dolor.
-Te quiero, para siempre.
Él estaba por soltar las lágrimas, hasta cuando la pregunta lo tomó por sorpresa.
-¿Tú no me quieres?- sonaba infantil.
- Sabes que sí...- su rostro se iluminó cuando giró mirando hacía la chimenea, ahí su gestos se volvieron más duros con una pisca de miedo.-...más que a nada.
- Pero… - su voz se quebró intentando buscar las palabras correctas para no hacerle daño.-... lo siento.
- Eh…es-es-pera.
El sonido lo desquició, tomó un candelabro y golpeó tantas veces como pudo, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas, desesperado. Con la misma fuerza, soltó el candelabro, cogió el teléfono y lo lanzó lejos arrancándole los cables.
Se paseó por el escritorio, mirando otra vez distraído por la ventana; escuchando el repiquetear de la lluvia sobre las lunas.
El cordón del teléfono estaba con los alambres descubiertos, y tendidos sobre la alfombra sin conexión de energía.
Pero sonó por cuarta vez.
Sus ojos azules, que parecían contener el océano, se desorbitaron. Respiró agitado y el teléfono se descontroló, marcando miles de números en la pantalla.
Bajó la mirada, resignado. Abrió un cajón con diseño inglés en los bordes y sacó de allí una pistola. Estaba cargada, y afuera no dejaba de llover.
- Maldita. - Tomó el gatillo, miró al techo.- Tu ganas.
Contuvo las lágrimas, empuño la pistola con las últimas fuerzas que le quedaban y apuntó justo debajo de su mentón.
- Ya voy.
Los truenos ahogaron el disparo. La pantalla marcó el mismo número de las llamadas anteriores, pero esta vez, bañadas en sangre.
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